MENUDA EXCURSÍON
Un día soleado los alumnos de quinto iban a hacer una excursión al valle del Jerte para ver el cerezo en flor. Todos estaban muy contentos porque iban a ir en un autobús de dos plantas:
- Yo voy a ir arriba.
- No, tú te quedas abajo - discutían los niños.
- Bueno, ya vale, un quinto irá arriba y otro abajo - dijo la profesora.
- ¡Sí, hombre!, entonces el que va abajo se tiene que jorobar - protestaba Jaime.
- Pues cuando vayamos para allá, va un quinto arriba y cuando volvamos va el otro - arregló la profesora.
- Bueno, eso ya está mejor - dijo Isabel.
- ¡Al autobús!
Todos los niños se subieron al autobús y, como dijo la profesora, un quinto se subió arriba y el otro se quedó abajo. El alboroto que había en el autobús era inaguantable.
- ¡Silencio! - gritó la profesora ¿Es que no sabéis comportaros?.
Los chicos comenzaron a cantar "ahora que vamos despacio ... vamos a contar mentiras tralalá ...", y así se tiraron todo el viaje. Cuando por fin pararon en un pueblo todos los niños bajaron corriendo del autobús porque estaban cansados de ir sentados:
- A ver, niños, no os vayáis muy lejos y dentro de diez minutos aquí. Pasaron los diez minutos y los niños no estaban allí. La profesora empezó a preocuparse cuando de pronto se oyó un ruido espantoso; como una manada de búfalos. Bueno, una manada de búfalos no, pero era algo peor: ¡una manada de niños que venían como si hubieran visto un bicho enorme!.
- Señorita, sentimos llegar cinco minutos tarde, pero es que nos habíamos entretenido comprando golosinas y como somos tantos ... - se disculpó Alejandro.
- Bueno, no pasa nada y ahora subíos todos que el conductor tiene que estar ...
Como dijo la profesora el conductor estaba cansado de esperar, y eso que sólo habían sido cinco minutos, que si llega a tardar más se va y ahí los deja:
- Mirad, a vuestra derecha tenéis los cerezos en flor - dijo la profesora.
- ¡Hala, qué flores tan bonitas! - añadió Silvia.
- Bah, esas flores las veo todos los días en casa - dijo Jorge, el más gruñón de todos.
- Yo quiero bajar a ver las flores de cerca - dijo Verónica.
- A la vuelta bajaremos - contestó la profesora.
Al dar la vuelta, el autocar se detuvo como había dicho la profesora.
- A ver, niños, de uno en uno.
- Señorita, ¿puedo bajar el balón? - preguntó Jaime.
- Sí, pero ten cuidado - respondió la profesora.
Verónica fue a ver las flores acompañada de Silvia, Isabel y Sara. Jaime fue a jugar al fútbol con Jorge, Luis y Javi. Buscaron un descampado y allí marcaron el campo.
- ¿Podemos jugar con vosotros? - preguntaron las niñas.
- No podéis - respondió Jorge.
- Este juego no es para niñas - dijo Javi.
- Bueno, está bien; podéis fugar con nosotros - este último fue Jaime.
- ¡Pasa aquí! - gritó Javi.
- ¡No, pásame a mí!
- Bien, Isa.
- ¡Pásame!.- dijo Verónica.
- Vero, ¡ahora a mí!.- gritó Silvia.
- ¡Hala!, pero ¿qué has hecho ...?
- Sí, pues a ver quién sube al árbol a por el balón - dijo Jorge enfadado.
- Yo subiré - dijo Sara.
- Pero, ¿cómo vas a subir tú, Sara?
- Anda y ¿por qué no? - dijo Verónica.
- Pues porque eres una niña - aclaró Verónica.
- ¿Y eso qué tiene que ver? - preguntó Isabel.
- ¿Qué pasa niños? - preguntó la profesora.
- Que Sara ha encajado el balón en la rama de ese árbol - contestó Jaime.
- ¿Sabes subir, Sara? - preguntó la profesora.
- Sí, señorita - respondió Sara.
- Pues sube.
- ¿Pero cómo va a subir si es una niña? - preguntó Jorge.
Tal como dijo la profesora, Sara subió y cogió el balón. Desde entonces los niños no volvieron a meterse con las niñas y las dejan jugar a todo, en especial al fútbol. Así Sara les cogería el balón si se les volviera a encajar.
BEATRIZ ALEJO CALLE