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Si alguien hablara de altas montañas, espesa vegetación, sierras recortadas y vegas feraces, difícilmente podría pensarse que estuviera refiriéndose a la provincia de Albacete. Y es que, con frecuencia, se olvida que además de La Mancha, Albacete cuenta con hermosos rincones entre montañas,como ocurre al sur de la provincia, en las Sierras de Segura y Alcaraz. Allí esta Ayna, en una zona conocida como "LA SUIZA MANCHEGA".
Encajonada en una estrecha garganta que forma el río Mundo, en perfecta armonía con la naturaleza, el pueblo se extiende por la ladera de la montaña y algunas de sus casas se asoman temerariamente hacia las profundidades, mientras otras, sobre tierra firme, están custodiadas por imponentes rocas. La piedra se incrusta de tal forma, se hace tan presente, que apenas si se puede levantar la vista del suelo sin toparse con ella. Fue quizás ese contacto cotidiano lo que indujo a los ayniegos del Paleolítico a trazar sus pinturas rupestres en La Cueva del Niño, que Martín Almagro considera, con reservas, del Solutrense o principios del Magdaleniense.
Y si de arte se trata, no podemos olvidar el artesonado mudéjar de la ermita de Nuestra Señora de los remedios. En el castillo de la Yedra, cuyos restos aun existen, se libraron duras batallas entre moros y cristianos. Un pergamino, carta fundacional del municipio, fechado en 1565 y firmado por Felipe II se conserva en el Ayuntamiento. Hasta esa fecha Ayna había pertenecido a la poderosa Alcaraz. Si paseamos por la parte baja, la que conserva un aspecto más tradicional, encontramos pequeñas edificaciones de toba y yeso, de una o dos plantas, aunque en algunas se advierte el uso de la piedra. Calles estrechas y retorcidas, que conservan evocadores nombres: la del Santo Cristo, de la Cruz del Molina, Casa Honda, del Horno, de la Fragua... Calles tranquilas y solitarias que ven alterado su ritmo en las celebradas y famosas fiestas patronales en honor de Ntra. Sra. la Virgen de lo Alto.
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